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Llevas meses diciéndote que el lunes renuncias. Llega el lunes y no renuncias. Hay deudas, hay familia, hay miedo a no encontrar otra cosa. Pero también hay un cansancio que ya no se va con el fin de semana.
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En Ecuador, emprender es casi un deporte nacional. Muchos lo hacen por vocación y muchos por necesidad: porque no hay trabajo, porque el sueldo no alcanza o porque cansa depender de otros. En cualquier caso, es una decisión que mezcla ilusión y miedo.
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Tarjetas al límite, un préstamo del banco, plata prestada a un familiar, quizás un chulquero. Las deudas se acumulan y, con ellas, una ansiedad que se nota en todo: en el sueño, en la pareja, en el humor.
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Te llamaron a una reunión y en diez minutos todo cambió. O lo veías venir y aun así dolió. Un despido no es solo perder un ingreso: es perder una rutina, un lugar, a veces una parte de la identidad.
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Terminaste el colegio o estás a mitad de carrera y la pregunta aparece: ¿sigo estudiando o empiezo a trabajar? ¿Esta carrera es lo mío o la escogí por otros? ¿Me cambio aunque pierda años?
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La tienda de la esquina, el taller, la finca, la ferretería, el restaurante. En Ecuador, una enorme cantidad de negocios son familiares. Eso tiene una fuerza enorme —confianza, compromiso, raíces— y un riesgo igual de grande: que los problemas del negocio se vuelvan problemas de familia, y al revés.
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